Le doy vitamina D y no le sube: el recorrido que nadie te explica

Nutrición

Le doy vitamina D y no le sube: el recorrido que nadie te explica

Los filtros por los que pasa antes de actuar — y por qué, aunque la suplementes, tu peludo puede seguir sin aprovecharla.

He tenido más de un paciente peludo con un problema de hígado al que le estaban dando su vitamina D religiosamente, sin saltarse un día… y al medirla en sangre, no subía. Nada. El tutor me miraba sin entender: "pero si se la doy todos los días, doctora". Y tenía toda la razón en no entenderlo. La estaba dando bien. El problema no era la dosis: era el camino.

Esa frase —"pero si se la doy todos los días"— la escucho a menudo, y es completamente lógica: damos por hecho que si algo entra por la boca, ya está dentro y funcionando. Con la vitamina D, ojalá fuera tan simple.

Y es que la vitamina D no es una vitamina cualquiera que el cuerpo usa tal cual la traga. Es más bien una prohormona, que viene siendo la materia prima que tiene que hacer un viaje largo, con varios filtros, antes de convertirse en algo útil. Y en cada uno de esos filtros el viaje puede detenerse o cortarse. Te lo cuento paso a paso, porque entenderlo cambia por completo cómo miras este suplemento.

El recorrido de la vitamina D — los seis pasos entre suplementarla y que el cuerpo la use

Primer filtro: el sol casi no cuenta

En las personas, la piel fabrica buena parte de la vitamina D3 (colecalciferol) con la radiación ultravioleta del sol —se estima que una exposición corporal amplia puede alcanzar entre 10.000 a 25.000 de UI, según la piel, la hora y la época—. Damos por hecho que a nuestros animales les pasa igual. Pues no.

En la piel hay una molécula de partida, el 7-dehidrocolesterol (7-DHC), que puede tomar dos caminos. Con la radiación ultravioleta B del sol se convierte en previtamina D3 y luego en vitamina D3 (colecalciferol). Pero ese mismo 7-DHC también puede ser transformado en colesterol por una enzima llamada DHCR7 (7-dehidrocolesterol reductasa). Y en perros y gatos esa enzima es muy activa: se queda con casi todo el 7-DHC y lo desvía hacia el colesterol antes de que el sol pueda usarlo. Por eso su producción de vitamina D en la piel es mínima.

Esto no es una suposición. En gatos se demostró experimentalmente: al bloquear la DHCR7 con un inhibidor farmacológico (AY9944), se acumuló mucho más 7-DHC en la piel y los animales recuperaron la capacidad de producir vitamina D tras la exposición a rayos UVB (Morris, Journal of Nutrition, 1999). Es decir, la materia prima estaba; lo que faltaba era que no se la llevara la otra vía. Ojo: esto es una herramienta de laboratorio para entender el mecanismo, no un tratamiento —inhibir esa enzima altera la síntesis de colesterol y no es algo que se haga en casa—.

¿La consecuencia práctica? Para obtener vitamina D, el sol juega un papel muy pequeño en perros y gatos. Su principal fuente es la dieta: dependen casi por completo de lo que comen.

Segundo filtro: que esté en el plato no significa que esté dentro

Aquí viene la parte que casi nadie cuenta. La vitamina D de la comida es liposoluble: viaja con las grasas. Y para pasar del plato a la sangre necesita toda una cadena de montaje.

Primero, grasa en la dieta y bilis que la emulsione y la meta en micelas, unas gotitas que la acercan a la pared del intestino. Sin grasa suficiente, con poca bilis o con un problema de vías biliares, la absorción ya empieza coja.

Y una vez en la superficie del intestino, la absorción no depende solo de la difusión pasiva, como se pensó durante años: también participan proteínas transportadoras de lípidos y colesterol de la pared intestinal, como SR-BI, CD36 y NPC1L1. Si la mucosa intestinal está inflamada o dañada, ese aprovechamiento puede disminuir.

Un apunte importante: cuando existe una alteración de la digestión de las grasas, de la secreción biliar o de la mucosa intestinal, el aprovechamiento de la vitamina D puede disminuir. Ahí un animal puede estar comiendo su vitamina D y absorbiendo solo una fracción.

Tercer filtro: la ruta que nadie mira, la linfa

Una vez cruzada la pared intestinal, buena parte de la vitamina D no va directa a la sangre: se incorpora a unos transportadores de grasa llamados quilomicrones, que viajan primero por el sistema linfático intestinal y solo después desembocan en la circulación.

¿Por qué te cuento esto? Porque significa que un problema linfático en el intestino —como la linfangiectasia, donde se pierden grasas y proteínas— también puede formar parte del escenario de "le doy vitamina D y no le sube". No es la causa de todo, pero es una pieza que casi nadie tiene en el radar.

Cuarto filtro: el hígado, la primera hidroxilación

Cuando por fin llega a la sangre, la vitamina D todavía no sirve del todo. En el hígado, una enzima llamada CYP2R1 le añade un grupo hidroxilo —es lo que se llama la 25-hidroxilación— y la convierte en 25-hidroxivitamina D, o 25(OH)D (también llamada calcifediol). Esta es, ojo con el dato, la forma que medimos en el análisis de sangre cuando pedimos "vitamina D".

Conviene deshacer un mito aquí: el hígado no "decide" a capricho si deja pasar la vitamina D o la frena. Su ritmo depende de cuánta materia prima le llega, de cuán activa esté la enzima y del estado del propio órgano. En enfermedad hepática relevante o en situaciones que modifiquen la actividad de CYP2R1, esta primera transformación puede verse comprometida. Por eso, cuando un 25(OH)D no responde como esperamos, el hígado es uno de los órganos que reviso —en consulta veo con frecuencia hígados que no están en su mejor momento, y ese dato pesa en cómo enfoco el caso—.

Y aquí conviene conocer un formato distinto: el calcifediol (comercializado como Hidroferol). Es 25(OH)D ya formada, es decir, la vitamina que ya pasó el filtro del hígado, por lo que evita esa primera conversión. Eso lo convierte en una opción particularmente interesante cuando existe una razón clínica para sospechar que la 25-hidroxilación hepática está comprometida —siempre con monitorización—. No siempre es fácil de conseguir ni de prescribir por sus restricciones, pero merece estar sobre la mesa en esos casos.

Quinto filtro: el riñón, la activación final

El valor que sale en tu análisis (el 25(OH)D) todavía no es la principal forma hormonal activa. Es una reserva circulante. Para convertirse en la hormona potente hace falta un segundo paso, sobre todo en el riñón: la enzima CYP27B1 (1α-hidroxilasa) le añade otro grupo hidroxilo y la transforma en calcitriol, o 1,25-dihidroxivitamina D [1,25(OH)₂D] — esta sí, la forma que de verdad da órdenes a las células.

Y este paso no ocurre aislado: depende de sistemas enzimáticos y de transferencia de electrones que necesitan micronutrientes adecuados. La enzima que activa la vitamina D en el riñón es un citocromo P450 —contiene hierro en su grupo hemo—, y el sistema que le suministra los electrones utiliza flavoproteínas, que dependen de derivados de la riboflavina (vitamina B2). Es otra forma de ver que la vitamina D no trabaja sola.

Aquí está una de las claves que más me importa en consulta. En la enfermedad renal, incluso un 25(OH)D dentro de rango no nos informa directamente de cuánta 1,25(OH)₂D está produciendo el riñón: el órgano encargado de ese último paso es justamente el que está comprometido. Puede haber materia prima disponible —el 25(OH)D— y aun así una producción de calcitriol limitada. Por eso un valor "normal" en la analítica no siempre significa que al cuerpo le sobre vitamina D útil: puede haber reserva y faltar hormona activa.

Y hay dos detalles más que vale la pena conocer. El primero: el riñón no es el único lugar donde se produce calcitriol. Muchos otros tejidos —macrófagos y otras células del sistema inmune, piel, intestino, entre otros— expresan también su propia CYP27B1 y pueden fabricar calcitriol localmente, para uso de esa misma célula o de las vecinas (lo que se llama acción autocrina y paracrina). Es especialmente relevante en la inmunidad. El segundo: el cuerpo no solo regula cuánto calcitriol fabrica, también cuánto destruye. De eso se encarga otra enzima, la CYP24A1, que degrada tanto el 25(OH)D como el calcitriol cuando ya hay suficiente. Todo este equilibrio lo gobiernan tres señales —la PTH, el FGF23 y el propio calcitriol—: la PTH tiende a estimular la producción, mientras que el FGF23 y el exceso de calcitriol activan el freno (la CYP24A1). Cuando la señal de vitamina D ya es suficiente, el propio cuerpo enciende su vía de apagado.

El último filtro: la célula

Y aquí termina el viaje. El calcitriol entra en la célula y se une a un receptor específico, el receptor de vitamina D (VDR), un receptor nuclear que actúa sobre el ADN. El VDR se une al receptor RXR formando un heterodímero, y ese complejo reconoce zonas concretas del ADN (los elementos de respuesta a vitamina D) para cambiar instrucciones: encender y apagar genes. Por eso la vitamina D se comporta más como una hormona que regula la expresión de genes que como un simple nutriente.

Este mismo paso recuerda que la vitamina D no funciona aislada. A nivel molecular, el VDR y el RXR son receptores cuya estructura de unión al ADN se organiza en torno a átomos de zinc (los llamados "dedos de zinc"), y el RXR responde a un derivado de la vitamina A. Son piezas de una maquinaria celular mucho más amplia, en la que la vitamina D es una señal entre varias.

Lo que significa que puedes tener un nivel correcto en sangre y que, si algo falla en este último paso, la respuesta del cuerpo no sea la esperada.

Entonces, ¿por qué le doy vitamina D y no mejora?

Ahora ya lo ves: entre "se lo doy" y "le funciona" hay una hilera de filtros. Una dosis tragada no es una dosis absorbida. Una dosis absorbida no es una dosis 25-hidroxilada por el hígado. Un buen 25(OH)D en sangre no garantiza un buen calcitriol. Y aun teniendo calcitriol disponible, todavía tiene que producirse correctamente la señal a través del VDR.

Por eso, cuando veo un animal al que ya le dan vitamina D y no acaba de remontar, no pienso solo "hay que subir la dosis". Pienso en el camino: en ese perro o ese gato, ¿cómo está su intestino, su digestión de grasas, su hígado, su riñón? ¿Le acompañan los cofactores que necesita? ¿Qué me dicen el calcio y el fósforo? ¿Y no será que necesita un formato distinto, como el calcifediol, si hay motivos para pensar que el paso hepático está comprometido?

Suplementar es solo el principio de la historia. Lo importante es que el cuerpo pueda recorrer todo el camino.

Y en el extremo opuesto: cuidado con el exceso

Todo lo anterior habla de cuando falta o no llega. Pero es justo decir también lo contrario: la vitamina D3 en exceso y sin control es peligrosa. Sube el calcio en sangre y lo deposita donde no debe —vasos, riñón, tejidos blandos—. En perros y gatos hay intoxicaciones documentadas por colecalciferol (de hecho, muchos venenos para roedores son justo eso), con hipercalcemia y mineralización de tejidos. Cuando se utilizan dosis superiores a las nutricionales o formas más potentes, la monitorización deja de ser opcional: control del calcio y el fósforo, y acompañamiento.

Ni de menos que no llegue, ni de más sin vigilancia. La vitamina D es un equilibrio, y ese equilibrio se acompaña.


Este artículo explica fisiología para que entiendas el porqué; no sustituye la valoración de tu veterinario. Cada animal es un caso. Si tu peludo toma o va a tomar vitamina D, habla con un profesional que pueda evaluar su situación completa.